jueves, 12 de abril de 2012

Proyecciones personales en la Fototerapia

Y como no pretendo hacer de este blog algo impersonal quiero compartirles uno de mis primeros contactos con la expresión artística per se como autoterapia.
Hace aproximadamente tres años decidí irme a Roma, eran finales de año y partí dejando atrás muchas cosas y esperando ver renovadas tantas otras, el viaje había sido como una proyección personal de un proceso catártico. Como historiadora de arte la fascinación y el estímulo que podía provocarme vivir en una ciudad como Roma superaba cualquiera de mis expectativas y, aunque los primeros días, fueron algo caóticos, comencé a adaptarme. La lengua ya la conocía, en un par de semanas hablaba un italiano tan perfecto que ante muchas personas pasé como nacional casi sin darse cuenta que no era romana, la cultura, tan parecida a la española me hacía sentir agradablemente en casa y la compañía que encontré era maravillosa, buenas personas que con el tiempo se convirtieron en amigos entrañables.
Mi ansia de descubrimiento duró más bien poco ya que, yendo desde una megalópolis como lo es la Ciudad de México, Roma me resultó sorpresivamente pequeña y en una semana ya había disfrutado por mucho de todos o la mayoría de sus placeres. Comencé entonces una espiral de descubrimiento en mi interior, la nostalgia llegó cuanto más se acercaban las fechas navideñas y pegó fuerte el mero día. El sentimiento de soledad tan profundo que experimenté sólo se vió paliado con un trabajo que comencé a hacer de modo paralelo y casi insconsciente: la fotografía. Como cualquier otro extranjero que llega a una ciudad por descubrir hay un deseo, un ansia de capturar aquellas imágenes que nos fascinan, nos alimentan, estimulan nuestra capacidad visual, nos muestran nuevas percepciones del mundo y nuevos encuadres que quizás no hubiéramos imaginado antes.
Caminé sola la ciudad casi del diario, reconocía cada callejón, cada detalle de su arquitectura..., adoraba realmente sentarme frente al foro y pararme delante de la escultura de Julio César o Marco Antonio e imaginarlos pasar el Rubicón en sus caballos, cantar en mi mente una y otra vez las antiguas melodías del sur y sentarme los viernes por la tarde en un Café de Trastevere a leer, en latín, los poemas de Catulo. Adoraba tomar el trenino que me llevaba al trabajo cada día, el trayecto era más largo pero yo lo hacía igual porque precisamente ése, que llevaba a Cesano tenía una parte del trayecto que hacía por la superficie y yo podía ver el final del Lungo Trastevere y la capilla espléndida de San Pietro en el Vaticano. Eran veinte minutos más que sólo por aquellos segundos, merecían sobradamente la pena. Y todos esos detalles, tan pequeños y tan grandes al mismo tiempo, que reconstruyen una experiencia maravillosa.
Cuando mi tiempo en Roma finalizó y con toda la tristeza tuve que regresar a la Ciudad de México me pude dar cuenta realmente que mi estancia allá fue un proceso catártico, un viaje a mi interior y de todo ese proceso había quedado una huella impresa: mis fotografías, que sirvieron en todo momento como un canal de entendimiento, como un símbolo concreto de mí misma, como objetos metafóricos transicionales que, desde su inmovilidad, me ofrecían una forma de mirar hacia mi propio interior de una manera en que los métodos verbales no podían totalmente representar o deconstruir. De más de cuatrocientas fotografías pude formar con sesenta una historia de lo que había sido mi viaje interior y con ellas hice una exposición que duró casi un mes, creo que la más significativa que hice nunca.