sábado, 7 de julio de 2012

Duele...

Duele y duele tanto...
El pasado día 1 de julio perdí a mi abuelo, desde el mes de febrero que padeció un accidente cardiovascular y un ictus nunca volvió a ser el mismo, mitad de su cuerpo no le respondía, había tenido que sentarse en una silla de ruedas, cuando estaba en la cama debía permanecer atado, a veces parecía que no vivía en el presente, recordaba y volvía a experimentar episodios del pasado, decía que ya no quería seguir viviendo aún así cuando mi madre estaba delante nunca perdía el sentido del humor, sacaba las fuerzas de donde probablemente había sólo derrumbe para no evidenciar que el árbol se estaba quebrando, él que había llegado a los 90 años en perfecto estado de salud. Falleció en el Hospital de una septicemia, su rostro reflejaba paz y armonía y parecía que había podido solucionar todo antes de irse, había logrado resolver todos sus reproches, había perdonado y había pedido perdón, estaba en paz.
Muchos fueron los consejos que me dio en esos últimos momentos, reflexionaba mucho sobre la vida, lo que había sido su vida viviendo tantos años fuera del país mientras mi abuela se hacía cargo de todo, incluso de nosotras, sus nietas... Muchos son los consejos que entiendo debo aplicar a mi vida, muchas las reflexiones que debo hacer en torno a ellas... 
Mis abuelos estuvieron juntos por 65 años y sin importar los defectos que pudieran tener o los problemas que la vida les presentase siempre se respetaron, permanecieron juntos y se apoyaron. Quizás no eran la pareja perfecta, mi abuelo que había permanecido tantos años en Venezuela para mejorar su situación económica regresó sin la tan ansiada fortuna, mi abuela quizás se refugió demasiado en la Iglesia, cada quien con sus experiencias y con su modo particular de afrontar la vida lograron encontrar un punto en común, un camino que transitar juntos... no ansiaban ninguno de los dos grandes cosas materiales, ambos se dedicaron a dar, a compartir, a ofrecer y a asegurar una vida mejor, un mejor futuro para aquellos que los rodeaban. 65 años de generosidad absoluta que me hacen sentir tan dichosa de haber podido compartir en parte.
Siguen en mí todas sus palabras, el modo tan particular que tenía de caminar, sus bromas y la forma de quitarle importancia a cualquier cosa que me hiciera ver dolida o preocupada, la ternura de sus ojos y el amor que más que de abuelo siempre fue de padre. Yo, que me parezco tanto a él físicamente, sé que nunca volveré a mirarme en un espejo sin ver en mí sus ojos, su nariz, su cabello... 
Quiero compartirles una respuesta que Alejandro Jodorowsky dio a una mujer que, como yo, se preguntaba cómo hacer para afrontar tanto dolor ante la pérdida de un ser amado, aquí su respuesta... 
"Uno de los dolores más grandes que suceden en la vida, es perder a un ser amado. Entiendo tu sufrimiento,  yo lo experimenté cuando un hijo mío, de 24 años, murió en un accidente. El sufrimiento emocional era tan intenso que el cuerpo entero me dolía. Me sentía culpable de respirar. Todo lo que fuí hasta ese momento había estallado en innumerables pedazos. ¿Por qué él y no yo? Los alimentos perdieron su sabor, el sueño se hizo pantano, desprovisto de palabras la única expresión que me quedaba era el llanto. Los seres humanos, las plantas, los animales, los objetos, todos formando parte de él, el mundo entero era su ausencia. Esa inmensa desesperación hizo que me diera cuenta de mi absoluta falta de fe: si Dios había, él era indiferente. Buscando consuelo viajé a México para visitar a mi maestro zen, Ejo Takata. Sólo me dijo una palabra: “Duele”. Eso me bastó: no había consuelo. No me quedaba más que soportar el dolor… Comprendí que si quería vivir, tenía que, poco a poco, ir reconstruyendo los trozos de mi personalidad despedazada. ¿Cómo? Desprendiéndome de la imagen de mí mismo, para llegar a esa región donde lo personal se disuelve, donde se es una conciencia pura, integrada por completo al mundo, al infinito, al tiempo eterno. Lo primero que tenía que hacer para lograr esto era darme cuenta que frente a la desaparición del ser amado, todos experimentamos un sentimiento de culpa, (“Si yo hubiera hecho esto o no hubiera hecho esto otro, él/ella se hubiera salvado), y un sentimiento de lo no dicho (¡Nunca nos dimos el tiempo de hablar de esto o lo otro¡). En el Zen se dice: “Puedes curar una enfermedad pero no puedes curar el destino”. Todas las fuerzas del universo se confabulan para que la persona muera. Nunca se puede llegar a conocer totalmente al otro, somos infinitos… 
Ahora, interrumpe un momento la lectura. Prepárate un té. Bébelo tratando de relajar todos los músculos de tu cuerpo y, lo más tranquila que te sea posible, lee lo que viene a continuación:
Nadie sabe con certeza qué sucede después de la muerte. Es imposible probar que existe otra vida después. Pero también es imposible probar que no existe otra vida después… Eres tú la que debe elegir en qué creer. Tienes derecho a elegir que no existe nada más. El cuerpo se pudre, la conciencia se esfuma, desaparecemos para siempre. Ésta es la única vida que tenemos. No hay reencarnación… Si ésa es tu elección, tienes que estar consciente de que todo deberá desaparecer un día, no sólo tus seres queridos, sino este planeta, el sol, las galaxias, el universo entero. Aceptando con valentía la permanente impermanencia, sabrás que si pierdes un sólo minuto de la existencia, lo pierdes para siempre. Tendrás que crearte una moral que no se base en prohibiciones, conceptos de pecado, cosas que duren sin fin. Tratarás, con un necesario egoísmo, de gozar lo más que puedas. Si vives una sola vez, un corto lapso de tiempo, ¿para qué preocuparte del mundo? Mejor retirarte a un territorio alejado y dedicarte a envejecer en sana paz, aceptando la desaparición de aquello a lo que estás momentáneamente atada. Si por el contrario eliges creer que existe otra vida después de la muerte, entonces tienes todo tu derecho a imaginar cómo es eso…
Te voy a decir lo que yo imagino: Vivimos creando lazos emocionales con los otros seres y con las cosas. Si no logramos atarnos y que nos aten, nos deprimimos y enfermamos. En la agonía, la persona que ha desarrollado un alto nivel de conciencia, comienza a desatarse, en primer lugar de las amarras a su propio cuerpo. Poco a poco se va dando cuenta de que no es ni sus piernas, ni sus brazos, ni su tronco, ni su cabeza. Que no es sus pensamientos, ni sus sentimientos, ni sus deseos, ni sus necesidades. Es un espíritu puro… Este estado es difícil de lograr, porque para realizarse necesita que sus seres amados colaboren y le permitan cortar los lazos. Si no lo hacen, el espíritu del difunto, se queda en el sitio donde habitaba, en cierta manera como un fantasma invisible, sin poder dejar este mundo para ir hacia las regiones inmateriales donde ahora pertenece… Cuando el inmenso dolor de la pérdida, gracias al tiempo que pasa, se va apaciguando, estos lazos emocionales se hacen menos intensos. Es entonces cuando el difunto se da por fin entera cuenta que ya no les pertenece y puede emprender el viaje que le ha sido destinado… Los familiares deben hacer un esfuerzo para no retener demasiado al difunto, ayudarlo a que se libere. Si el dolor disminuye, el amor puede crecer, no refiriéndose a alguien a quien se mantiene preso junto a sí, sino a quien vive en nuestra memoria. Dejamos de lamentar los años que no lo tendremos, y aceptamos recordar siempre los años en que nos otorgó su amorosa presencia… El espíritu entonces entra en las regiones inmateriales, que entre todas constituyen el océano divino, una región que es felicidad pura, algo así como un orgasmo infinito y eterno. La gota pequeña debe disolverse en el océano que es su origen. Sin embargo, si el difunto, porque en su vida precedente no desarrolló su conciencia, lucha por no perder su individualidad, que son los restos de su ego, puede ser atraído otra vez a nuestro planeta y renacer, ya no como él mismo sino como un ser que corresponde a su nivel de conciencia. Puede entonces, si era un hombre que no desarrolló sus características femeninas, renacer como mujer. Una persona voraz puede pasar a formar parte de una araña, etc… Si durante la presente encarnación, ha alcanzado el nivel de un Buda, puede demorar el disolverse en el océano divino y voluntariamente regresar a la tierra para ayudar a todos los seres a que desarrollen su conciencia. Eso se llama ser un bodhisattva…
Bueno, ya habrás comprendido que ninguna palabra puede ayudarte. Es inútil que te diga: “Dios da, Dios quita, bendito sea Dios” o “Su alma se ha ido al paraíso, donde te espera” “¿Por qué sufres? Todos tenemos que morir. Él sólo se ha ido un poco antes que tú”… Tienes que comenzar a reconstruir tu yo partido en mil pedazos, poco a poco, con valentía. Luego debes elegir entre las dos opciones: hay o no hay otra vida más allá de la muerte. Si eliges que no hay, organizarte de acuerdo a esto y realizar sin piedad ni remordimientos, todo lo que tu cuerpo te pida realizar, declarándote libre de morales religiosas… Si eliges que hay otra vida, debes concentrarte y dejar venir de tu inconsciente lo que profundamente crees. Imagina desde tu punto de vista, todo el proceso y actúa de acuerdo a lo que concibas. Te aconsejó leer “El Libro tibetano de los muertos”. Quizás en él encuentres un modelo que te puede ser útil…
Por el momento te aconsejo que hagas agrandar una fotografía de tu padre -lo más grande posible-. Ates a ella una gran cantidad de globos llenos con gas helio, y la dejes irse hacia la inmensidad del cielo. Si puedes realizar esta ceremonia con tu madre y tus hermanos, les hará mucho bien a todos".


Besos para todos que sin importar mi ausencia me siguen leyendo y enviando esos mensajes hermosos. Gracias a todos.